Durante muchos años intenté hacerlo todo bien.
Ser una buena madre.
Una buena hija.
Una buena hermana.
Una buena pareja.
Una buena profesional.
Y aunque conseguía muchas cosas, nunca parecía suficiente.
Siempre había algo que podría haber hecho mejor.
Algo que se me había escapado.
Algo que me hacía sentir que aún tenía que demostrar más.
Durante mucho tiempo pensé que la exigencia me ayudaba a avanzar.
Que me hacía responsable.
Que era la manera correcta de hacer las cosas.
Pero acabé agotada.
Porque perseguir la perfección es una carrera que no se acaba nunca.
Cuando llegas a una meta, ya aparece otra.
Cuando consigues algo, tu mirada se va inmediatamente hacia lo que aún falta.
No hay descanso.
No hay reconocimiento.
Solo la sensación constante de que podrías haber hecho más.
Un día entendí que la perfección no era el problema.
El problema era el miedo.
Miedo a decepcionar.
Miedo a equivocarme.
Miedo a no llegar a todo.
Miedo a no ser suficiente.
Miedo a que dejaran de quererme si no cumplía las expectativas.
El perfeccionismo era la manera que había encontrado para intentar protegerme de aquellos miedos.
Pero, en realidad, me estaba alejando de mí.
Cuando empecé a mirar mis miedos con honestidad, algo cambió.
Empecé a darme permiso para ser humana.
A equivocarme.
A no llegar a todo.
A descansar.
A pedir ayuda.
A poner límites.
A decir que no.
Empecé a entender que mi valor no dependía de hacerlo todo bien.
Ni de complacer a todos.
Ni de demostrar constantemente que podía con todo.
Y, curiosamente, fue entonces cuando empecé a sentirme más libre.
No porque dejara de tener responsabilidades.
Sino porque dejé de tratarme como si nunca fuera suficiente.
Cuando la exigencia no te deja descansar, puede haber miedos y creencias más profundas pidiendo ser escuchadas. En una sesión de acompañamiento emocional podemos explorarlas y empezar a construir una relación más amable contigo.