Hasta ese momento habíamos buscado explicaciones a muchas cosas que no terminábamos de entender.
A menudo pensamos que poner nombre a lo que pasa nos dará tranquilidad.
Pero un diagnóstico no siempre llega acompañado de alivio.
A veces llega acompañado de miedo.
Empecé a buscar información.
A leer.
A preguntar.
A intentar entender una realidad que no conocía y que cambiaría profundamente la vida de mi hijo.
Y también la nuestra.
Cuando eres madre, hay una parte de ti que querría proteger a los hijos de cualquier sufrimiento.
Cambiarte por ellos.
Cargar con lo que les toca vivir.
Evitarles cualquier dificultad.
Pero hay situaciones en las que esto no es posible.
Y esta impotencia es una de las emociones más difíciles de sostener.
Recuerdo ver a Jordi pasar horas en la cama.
Ver cómo cambiaba su día a día.
Ver sus dificultades.
E intentar mantenerme fuerte mientras, por dentro, me hacía mil preguntas.
Aquella experiencia me enseñó algo que hoy comparto a menudo con las personas a las que acompaño:
No podemos controlar todo lo que nos pasa, pero podemos aprender a acompañarnos mientras lo atravesamos.
Acompañar no significa tener todas las respuestas.
Tampoco significa eliminar el dolor o solucionar inmediatamente aquello que pasa.
A veces, acompañar es estar.
Escuchar.
Respetar los tiempos.
Aceptar la propia impotencia.
Caminar al lado de la otra persona sin intentar vivir su proceso.
Y eso también es una forma de amor.
Cuando alguien a quien quieres atraviesa una situación difícil, tú también necesitas un espacio para entender qué se está moviendo dentro de ti. Descubre en Cómo te puedo acompañar cómo trabajo la gestión emocional en momentos de cambio e incertidumbre.
Este artículo comparte una vivencia personal y no sustituye el asesoramiento de profesionales sanitarios.