Que tal vez llegaba una etapa más tranquila.
A finales de 2017, mi pareja vino a vivir a casa.
Lo hicimos con ilusión.
Con ganas de construir una vida juntos.
Con la sensación de que, después de tanta tormenta, tal vez había llegado el momento de empezar de nuevo.
Durante mucho tiempo había sentido que vivíamos una historia especial.
De aquellas que parecen un cuento.
Habíamos superado la distancia.
Habíamos tomado decisiones importantes.
Y ahora, por fin, podríamos compartir el día a día.
Yo quería creer que aquella nueva etapa traería calma, estabilidad y un poco de luz después de todo lo que había vivido.
Pero convivir no es solo compartir una casa.
También es compartir rutinas, necesidades, miedos, silencios y formas distintas de relacionarse.
Las relaciones no están formadas solo por amor.
También entran las experiencias del pasado, los miedos, las creencias y todas aquellas partes de nosotros que aún no hemos podido mirar.
Cuando estas heridas no se reconocen, terminan apareciendo en la convivencia.
A veces lo hacen en forma de discusiones.
Otras, de distancia, incomprensión o una sensación de soledad difícil de explicar.
Lo que había comenzado con tanta esperanza se fue transformando lentamente en una realidad muy distinta de la que yo había imaginado.
Sin saberlo, aquella relación se convertiría en una de las experiencias que más me ayudaría a comprender:
El amor.
Los límites.
La dependencia emocional.
Y, sobre todo, la relación que yo tenía conmigo misma.
Aún faltaba tiempo para que pudiera verlo.
Pero la vida ya me estaba mostrando algo.
Y yo aún no estaba preparada para mirarlo.
En el artículo Cuando te das cuenta de que el amor no es una película de Disney continúo esta historia y comparto por qué querer no siempre es suficiente para construir una relación sana.