Durante mucho tiempo creí que el amor podía con todo.
Que si dos personas se amaban lo suficiente, terminarían encontrando la manera.
Que con paciencia, comprensión y entrega se podían superar todas las dificultades.
En parte puede ser cierto.
Pero ambas personas tienen que querer mirar, comprender y transformar lo que no funciona.
Con el tiempo he aprendido que el amor, por sí solo, no cura las heridas que una persona todavía no ha podido sanar.
Cuando nos conocimos, los dos veníamos de historias con muchas similitudes.
Habíamos vivido experiencias difíciles.
Llevábamos cicatrices.
Heridas.
Aprendizajes.
Probablemente eso hizo que nos reconociéramos el uno en el otro.
Durante tres años mantuvimos una relación a distancia.
Él vivía en Estados Unidos y yo estaba aquí, pero tuvimos la suerte de vernos cada mes, durante 3 años.
La distancia tiene una cosa curiosa.
Permite mostrar lo mejor de nosotros.
Los encuentros son especiales.
Los momentos compartidos se viven con intensidad.
Las dificultades cotidianas no aparecen con la misma fuerza.
Todo parecía bastante idílico.
Ya había pequeñas cosas que yo veía de él, igual que seguramente él también veía de mí.
Pero ninguno de los dos las consideraba un obstáculo bastante importante para dejar de avanzar.
Después de tres años, pensamos que había llegado el momento de construir una vida juntos.
Él dejó su vida en Estados Unidos y vino a vivir conmigo en Santpedor.
Fue un acto de valentía.
Y también de amor.
Pero con el tiempo entendí que no siempre es suficiente con cambiar de país, de casa o de proyecto de vida.
Porque las personas no viajamos solas.
Con nosotros también viajan los miedos, las heridas, las creencias y todo aquello que todavía no hemos resuelto.
Con los años he entendido que él llegó con una mochila mucho más pesada de lo que yo podía ver en aquel momento.
Y probablemente yo también.
Mientras intentábamos construir algo nuevo, los dos arrastrábamos historias que todavía pesaban demasiado.
Aquella relación me enseñó que no nos enamoramos solo de la persona que tenemos delante.
También nos relacionamos con sus heridas.
Y con las nuestras.
El amor puede acompañar.
Puede inspirar.
Puede sostener.
Pero no puede hacer el trabajo interior que corresponde a cada uno.
Reconocer qué estás sosteniendo dentro de una relación puede ser incómodo, pero también puede abrir una puerta importante. En El espejo que no quería mirar comparto el momento en que entendí que me estaba abandonando a mí misma.