Hay años que pasan sin hacer mucho ruido.
Y hay otros que te cambian para siempre.
Para mí, el 2017 fue uno de esos años.
El año comenzó con una noticia que nadie espera: la muerte repentina de mi padre mientras yo estaba en el otro lado del mundo.
Cuando pierdes a una persona que quieres, parece que el mundo se detenga.
Pero la realidad es que la vida continúa.
Hay trámites.
Responsabilidades.
Personas que te necesitan.
Emociones que aún no tienes tiempo ni de entender.
Yo apenas intentaba asimilar esa pérdida cuando llegó otra noticia que lo sacudió todo.
A mi hijo pequeño le diagnosticaron narcolepsia con cataplexia.
Recuerdo perfectamente la sensación.
El miedo.
La incertidumbre.
Las preguntas sin respuesta.
Qué significaría ese diagnóstico para su futuro?
Cómo afectaría a su día a día?
Qué vida podría tener?
Intentaba comprender una realidad completamente nueva mientras, en casa, también se vivían otras batallas.
Mi madre estaba profundamente afectada por la muerte de mi padre.
Y mi hermana pequeña, que llevaba años atravesando un sufrimiento emocional muy intenso, estaba cada vez peor.
Aquel año aprendí que hay momentos en los que la vida no te pregunta si tienes fuerzas.
Simplemente pasa.
Y tú haces lo que puedes con las herramientas que tienes.
Continúas avanzando, aunque no sepas cómo.
Sostienes a las personas que quieres, aunque por dentro también te estés rompiendo.
En ese momento aún no sabía que solo era el principio de uno de los periodos más difíciles de mi vida.
Tampoco sabía que, años después, todas esas experiencias me llevarían a mirarme, comprenderme y descubrir una fuerza que no sabía que tenía.